Querido Pablo,
Sabes, porque te lo dije la última vez que nos vimos, que afirmo, mantengo y concuerdo con Proust en que «lo que une a las personas no es la identidad de pensamiento, sino la consanguinidad de espíritu». Y en esas estamos. Frente a la muerte del espíritu, la poesía del samurai y la filosofía del eremita guerrillero.
Dices una cosa que me ha gustado: dejamos que nuestros enemigos se recompongan para poder seguir entreteniéndonos en la lucha. Yo, con tu permiso, matizo: distinguimos entre adversario y enemigo. Al primero le admiramos, le otorgamos categoría de igual ante nosotros y nos enfrentamos a él concediéndole, incluso, algún que otro privilegio. Porque son nuestros hermanos de espíritu, aunque el pensamiento difiera. Sin embargo, con el enemigo somos implacables, y eso es algo que nos distingue, también, frente a la décadence, que diría el gran Nietzsche.
Estamos en una época de pensamiento único, más allá del fin de la Historia y sin otro motor social que el simple -simplón- bienestar económico. Pero, ¿qué hay del espíritu? ¿Qué hay de las ideas, de la cultura, del intelecto? ¡No queda sitio para él! La paciencia ha dado paso a la urgencia, lo eterno a lo inmediato, lo bello a lo útil y lo trascendental a lo banal. Nos imponemos, por tanto, irrumpir en la Cultura con nuevos aires de resurgimiento. Y para ello, desde aquí, queremos aglutinar a cuantos vean en nuestro proyecto un camino posible frente a la decadencia de la sociedad. En ese contexto realicé el llamamiento. Los Niños del País de Nunca Jamás no son más que aquellos que viven en la inopia, en la sordera, en la ceguera y en la idiotez general, sino los que viven en un mundo mágico, ilusionante y esperanzador. La magia es algo que se ha perdido entre la neblina materialista…y me gustaría recuperarla. ¡Solo los locos y los niños entrarán en el Reino de Dios! (perdona que utilice esta retórica cristiana, pero ilustra perfectamente lo que quiero decir: a la Verdad llegarán los emprendedores, los genios y los poetas, quienes no se dejan engañar -aún- por el Santo Oficio del Pensamiento Único).
Estamos en una época en que se exalta lo zafío, lo vulgar, lo mediocre. Y, consecuencia de esto, se desprecia, cuando no se ataca, lo bello, lo coherente y lo grandioso. La ridiculización de algo es el primer paso de su banalización, ese proceso social mediante el que, restándole importancia a lo trascendental, se convierte a la persona en idiota. Porque el hombre, ese animal susceptible de idiotez -esta es mi aportación a la filosofía universal-, necesita de un referente sólido e inamovible de rectitud. Si se elimina esta, todo queda sujeto al relativismo: la muerte del espíritu como voluntad y afirmación de algo eterno.
Hace poco me aprendí un apotegma…«nulla ethica sine aesthetica», recordando el profesor y poeta Valverde. Siempre dije que, se piense lo que se piense, eso debe tener una coherencia interna y una proyección externa que lo convierta en cosmovisión, esa forma de vida que se opone a las ideologías, que no son más son meras ideas sobre algunas cosas. Y, por lo dicho, las cosmovisiones son bellas. No solo por atender a todo lo cognoscible por el hombre, sino por obligar a este a mantener una posición vital que fuerza una constante lucha contra las inclemencias del entorno.
¿Qué nos queda a los que nos declaramos anarquistas frente al poder constituido y monárquicos frente al desorden generalizado? ¿Crees que queda alguna esperanza de resurgimiento en este valle de lágrimas?
Fijaré un punto que, si quieres, puedes usar de partida para tu intervención, ya que he lanzado demasiadas ideas en esta carta: lo primordial es desmontar el Eje del Mal, esa santa Inquisición del Pensamiento Único y la Corrección Política. ¿Quién o qué es la fuente de esta muerte del espíritu? ¿Qué medios podemos usar para derribarlo? ¿Este esto una conspiranoia -bonito neologismo-, o realmente existe este Eje?
El Caballero de la Dulce Esperanza te saluda.
Luis.